La paleta de colores se limita a tres tonos: dorado, negro mate y blanco. El pan de oro constituye una intervención directa en el espacio del icono, una referencia a la tradición eclesiástica. El negro define el esqueleto estructural: sus huellas texturizadas, que recuerdan a microchips, marcan un ritmo industrial. El blanco estéril actúa como una brecha tecnológica o una ventana de interfaz, creando una pausa espacio-temporal para la lectura del código. La geometría funcional se convierte en un objeto de culto, mientras que la estricta simetría de las obras imita las composiciones de los altares, transformando los familiares indicadores de carga y códigos de barras en mandalas de la era digital. Se trata de la estetización del algoritmo, una transmisión de la idea de la iconografía contemporánea, donde tras la geometría impersonal de círculos y cuadrados no se esconde el rostro de un santo, sino el orden absoluto del campo de la información. La serie invita al espectador a cambiar de papel: a salir del habitual modo de usuario activo y convertirse en un peregrino que contempla la arquitectura etérea, indescriptible, pero todopoderosa del mundo digital.
Todas las obras se han creado mediante la técnica del monotipo acrílico. Acrílico, pan de oro, papel de 297 x 420 mm, 300 g/m².